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25.1.05
Nuevo escrito de Bifo Puritanismo y virtualización
Franco Berardi “Bifo”traducción: Emilio Sadier. Buenos Aires, Argentina, Enero de 2005. original en http://www.rekombinant.org 1. Lo neo-humano contra la humanidadNorteamérica representa una novedad absoluta en la historia del planeta, y la sociedad norteamericana manifiesta una excepcionalidad cultural que no es reducible al predominio económico, militar y político. La novedad norteamericana es interpretada en el plano antropológico, como una ruptura en la historia evolutiva del género humano. Esta ruptura se inserta en la línea de la cultura judeocristiana, pero introduce una discontinuidad respecto al humanismo moderno. Por cuanto una definición de lo humano sea impensable, dado que lo humano está precisamente en la continua redefinición de los límites, en la excepcionalidad norteamericana está implícita una ruptura con la herencia del Humanismo. La idea de universalidad y la noción de libertad personal son arrollados en el emerger hegemónico de la tecno-cultura norteamericana. Pero lo que más cuenta es el hecho de que la tecno-cultura norteamericana redefine el equilibrio antropológico entre cálculo y emoción, entre dimensión orgánica y esfera del artificio, entre liso y estriado. Es en la historia cultural del pueblo que se instala en el territorio norteamericano donde podríamos encontrar la génesis de un nuevo modelo de comunidad de carácter sintético. Sintético en un doble sentido de la palabra: la cultura norteamericana representa la síntesis de todas las otras culturas, porque ha importado sobre el propio territorio imaginario y político fragmentos importantes y vitales de las culturas del mundo. Pero esta síntesis se determina sobre un plano artificial, depurado del espesor emocional, psíquico, lingüístico de la historia, de la temporalidad, de la carnalidad del pasado. Ya desde el principio la historia norteamericana manifiesta una tendencia hacia lo neo-humano, con una implícita tensión a liberarse de lo humano como residualidad. Desde que en el 2003 la administración Bush ha desencadenado la guerra contra Iraq, ha crecido en todos los países del mundo un sentimiento de repugnancia por la arrogancia del grupo dirigente de aquel país. Cuando la guerra estalló, el aislamiento de la presidencia norteamericana se ha transformado en una onda de odio hacia todo el pueblo norteamericano. Cuando, en fin, Bush ha obtenido la reelección con una aplastante victoria electoral, la onda de odio se ha vuelto desprecio por la hipocresía y la ignorancia de aquellos que consideran moral su irresponsable incontinencia, la devastación del planeta, la tortura y la violencia. La onda de odio y desprecio que las personas decentes de toda la tierra experimentan hacia el pueblo norteamericano es una onda peligrosa porque con ella resurgen arcaísmos e integrismos reaccionarios, pero en esta onda de repugnancia por el modo de ser (el que es identificado como) norteamericano, no se debe ver solamente el rechazo de la política de agresión y de violencia. En el sentimiento anti-norteamericano veo delinearse algo más profundo. No el choque entre las civilizaciones del cual habla el libro más celebrado y más superficial que se haya hecho en los ’90, sino un conflicto profundo e inquietante entre el mundo humano y el mundo neo-humano. En décadas pasadas, después de la derrota en Vietnam, se había difundido en el mundo un sentimiento totalmente diferente. Concluido el saldo sanguinario de aquella guerra, los EE.UU. habían entrado a una fase de redefinición contradictoria de su imagen. A excepción de pequeñas minorías ideológicamente prevenidas, la mayor parte de los jóvenes del planeta manifestaron en los años ’80 y ’90 una activa simpatía por los Estados Unidos de América, que era primero de todo el efecto de una fascinación por el imaginario norteamericano. Para la mayoría de los jóvenes aquel imaginario representaba experimentación de formas de vida transgresoras, libertad de las agobiadoras herencias tradicionales, ampliación de los horizontes comunicativos, experimentación de nuevos universos tecnológicos y culturales. Hollywood había sabido expresar este mensaje, la música rock lo había transformado en un ritmo planetario. La caída del Imperio soviético y la victoria relativamente pacífica en la guerra fría (la única victoria que los norteamericanos habían tenido en los últimos cincuenta años), fue el momento de máxima expresión de la hegemonía cultural norteamericana en el mundo. La explosión de Internet, luego, había prometido la cancelación de toda barrera comunicativa, y la creación de un universo perfectamente liso, en el cual las estratificaciones antropológicas habrían podido ser disueltas, canceladas, absorbidas en una pulida forma de comunicación multicultural. La desterritorialización arrastraba el deseo colectivo hacia un nuevo horizonte de homologación cultural en el cual incluso el límite de la identidad humanista podía ser puesto en cuestión. La palabra “humanitario” tomaba el lugar de la palabra “humanista”. Lo humanitario concierne a los derechos, los códigos, las formas abstractas de relación. La palabra “humanista” implica relación con una profundidad de estratos no formalizables: las culturas, las creencias, las tradiciones, la emoción, la corporeidad deseante. La contraposición entre globalización humanitaria y particularismo identitario ha marcado la década clintoniana. En aquella década el optimismo económico prevalecía sobre el sentimiento de inseguridad que iba difundiéndose a los márgenes de Occidente. Pero cuando se ha bloqueado la dinámica expansiva de la new economy, el discurso (identificado como) norteamericano ha terminado por derribarse, y la imagen que aparecía luminosa y seductora ha comenzado a transformarse en una imagen oscura, inquietante, antipática, terrorífica. Lo neo-humano se había presentado en un primer momento con los sucesos high tech de la conexión en red, de la celularización, de la concatenación electrónica de cuerpos desterritorializados, de la bioingeniería recombinante. La fascinación de una aventura angélica de la Técnica era sugestiva aún si implicaba la cancelación de toda diferencia cultural no homologada. Durante los años ’90 parecía realista la formación de una biosfera social separada, de una clase virtual cerrada en sus circuitos electrónicos, separada del hirviente territorio planetario. La new economy parecía fundada bajo la idea de que la biosfera social telemática podría sobrevivir autónomamente, y se expandiría pacíficamente sin entrar en conflicto con el organismo humano planetario. Pero el 11 de Septiembre ha desmentido esta promesa. Mundos que debían permanecer separados han entrado en contacto sanguinario. En las primeras semanas que siguieron al apocalipsis de New York, la opinión mundial reaccionó con un sentimiento de solidaridad ambiguo, incierto, titubeante. Algo impensable estaba ocurriendo en el imaginario colectivo, y en los escenarios geopolíticos globales. Baudrillard ha dicho que con la caída de las torres vuelve a la escena el acontecimiento. El imprevisible acontecimiento que rompe los palimpsestos del Espectáculo global vuelve a la escena cuando dos aviones agujerean el cielo azul de New York. Ante la tragedia norteamericana en muchas zonas de la tierra la población salió a la calle a brindar feliz, en muchos otros países se evaluó el peligro de la nueva situación y se expresaron sinceras condolencias. Luego, el tono con el cual el Presidente de los EE.UU. se dirigió a los seres humanos de la tierra pareció espantoso, insoportable. La administración Bush ha usado el efecto emotivo del 11 de Septiembre para afirmar el derecho unilateral a la guerra preventiva. De este modo ha agigantado el fenómeno del terrorismo suicida, ha multiplicado la base de reclutamiento, la fuerza militar y, sobre todo, la potencia imaginaria. Desde los días siguientes al 911, el eco de una amenaza extra-humana pareció resonar en las palabras violentas y pulidas del presidente de la risa psicopática. En el imaginario global comenzó entonces la primera guerra entre humanos y neo-humanos.
2. El espacio liso de Newfoundland El espacio liso de NewfoundlandLa desterritorialización del dios mediterráneo, la difusión de fe sintéticas, la progresiva desensibilización a la temporalidad histórica, el reformateo simultáneo videoelectrónico de la mente secuencial alfabética: aquí están los pasajes que marcan la formación de la Norteamérica moderna. En la utopía de Newfoundland parece posible generar una neo-humanidad sintética, portadora de principios lisos, principios que no reconocen la aspereza del terreno histórico y cultural porque actúan sobre un terreno informacional. Anthropos02 es sensible al código, inadecuado para percibir las variaciones analógico-sensibles. Cuando se trata de actuar en el territorio bunkerizado del código, Anthropos02 es hiper-potente, invencible. Pero el planeta no está aún enteramente bunkerizado,. Este es el problema de Anthropos02, actualmente. La reducción del mundo al cálculo confiere una potencia superior en el campo de la eficacia operacional. Pero para poder actuar según criterios de pura calculabilidad, el cuerpo y sobre todo la mente neo-humana son obligados a reformatearse: deben ser excluidos los circuitos de la interpretación emocional, desactivados los descodificadores analógicos de la diferencia histórica. Esto crea problemas en la relación con el mundo no bunkerizado: psicopatologías de la mutación, conflicto permanente con el universo estriado de las culturas. El mundo no bunkerizado le huye al cálculo, y el inconsciente neo-humano corre el riesgo de entrar en cortocircuito, en el encuentro con lo incalculable. Al mismo tiempo, el universo estriado de las culturas humanas percibe el organismo reformateado como ajeno, y lo rechaza con terror y con repugnancia. En su segundo libro sobre la democracia norteamericana, Alexis de Tocqueville escribía: “La variedad desaparece del seno de la especie humana. En cada rincón del mundo se vuelven a encontrar las mismas maneras de ser, de pensar y de sentir. Esto no depende solamente del hecho de que todos los pueblos tiene hoy mayores posibilidades de contacto entre sí y pueden por consiguiente copiarse más fielmente, sino del hecho de que en todos los países los hombres, apartándose cada vez más de las ideas y de los sentimientos particulares de una casta, de una profesión, de una familia, llegan simultáneamente a lo que depende de la constitución misma del hombre, el cual es en todas partes idéntico.” (A. de Tocqueville: De la democracia en América, Paris, Gosseline Coquebert, 1840). Tocqueville aprehende la manifestación de un proceso de progresiva abstracción de la infinita gama de las diferencias analógicas, de los matices sensible, y aprehende la progresiva reducción de las formas de vida sociales a una naturaleza común, a una identidad abstracta del ser humano que se puede reducir al código binario. Tocqueville percibe en la construcción cultural norteamericana la búsqueda de una pureza que está más allá de las innumerables impurezas culturales de la historia humana. De estas impurezas el pragmatismo funcionalista debe emanciparse, para maximizar su traducibilidad y su eficiencia. Si queremos reconstruir la génesis cultural e histórica de esta mutación neo-humana de la cual el comportamiento norteamericano parece ser la manifestación o quizás la utopía, debemos partir de la historia de la formación de un espíritu público norteamericano y de la influencia que el puritanismo tuvo, desde el origen de la historia cultural y política de Newfoundland. El puritanismo no es identificado como una específica denominación religiosa protestante, sino que es sobre todo considerado como un flujo espiritual y ético que forma profundamente la vida política de la comunidad de colonos que dieron origen al proceso político del cual nacen los Estados Unidos de América. El puritanismo está en el inicio de un movimiento inglés de reforma escasamente organizado que se pone en marcha a fines del siglo XVII. En las primeras décadas del siglo siguiente, en el choque que opone a la Corona de Inglaterra y al Parlamento, y que implicó a los movimientos revolucionarios reunidos en torno a la figura de Oliver Cromwell, algunos componentes particularmente extremistas decidieron abandonar la isla. Entre estos, algunos emigraron hacia el nuevo continente para fundar una comunidad coherente con los principios que no podían expresarse integralmente en Europa. ¿Quiénes somos? En un libro llamado Who are we?, Samuel Huntington elabora los principios del integrismo identitario puritano que forja a su decir los fundamentos de la nación norteamericana. Luego de haber analizado el significado del concepto de “identidad” con una serie de banalidades que en efecto no explican nada, el profesor Huntigton reflexiona sobre la alternativa frente a la cual se encuentra hoy la identidad norteamericana. Norteamérica, explica Huntington, ha fundado su historia sobre dos fuentes identitarias: la de la Declaración de Independencia, esto es, el principio iluminista de la libertad y de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, y la cultura puritana de los primeros colonos que desembarcaron en la costa oriental en 1607 y 1620. “Se dice que Norteamérica sería una nación de inmigrantes y en segundo lugar que la identidad norteamericana estaría definida únicamente por un conjunto de principios políticos, el Credo Norteamericano… Existe mucha verdad en esto. La inmigración y el Credo son elementos clave de la identidad nacional norteamericana. No son identidades equivocadas, sino que son sólo identidades parciales. Ni una ni la otra nos dicen toda la verdad sobre Norteamérica. Nada nos dice a propósito de la sociedad que habría atraído a los inmigrantes o de la cultura que produjo aquel Credo. Norteamérica es una sociedad creada por colonos del XVII y XVIII que llegaron todos de las islas británicas. Sus valores, instituciones y cultura ofrecieron los fundamentos y el modelo para el desarrollo de Norteamérica en los siglos siguientes. Inicialmente definieron a Norteamérica en términos de raza, etnicidad, cultura, y sobre todo en términos de religión. Luego, en el siglo XIX, debieron también definir a Norteamérica en el plano ideológico para justificar su independencia de sus compatriotas ingleses.” (Huntington, 2004, p.38) El discurso de Huntington sanciona una mutación política profunda que está claramente puesto en acción en las elecciones de la administración Bush, en el concepto de guerra preventiva, y en la retórica religiosa y agresiva que lo sostiene. “Los orígenes de Norteamérica se deben encontrar en la Revolución Puritana inglesa. Dicha revolución es en efecto el acontecimiento formativo más importante de la historia política norteamericana. En Norteamérica, observó el visitante europeo Philip Schaff, cada cosa tiene un principio protestante. Norteamérica fue creada como una sociedad protestante precisamente como y por algunas de las mismas razones Pakistán e Israel han sido creadas como sociedad Musulmana y sociedad Hebrea respectivamente, en el siglo XX.” (Huntington, 2002, p.63) Pakistán e Israel son dos estados integristas, que violan el principio fundamental de la civilización iluminista y moderna según el cual el Estado no puede diferenciar a los ciudadanos en función de su credo religioso. La existencia de Pakistán e Israel marca la victoria de un principio de tipo intregrista-nacionalista que constituye el elemento esencial de la teoría política de Adolf Hitler, despojada de sus aspectos accesorios. Con el nacimiento de Israel y de Pakistán, Hitler ha vencido su batalla política, jurídica, su batalla –por así decir– de civilización. Ahora, el profesor Huntington nos explica que los Estados Unidos de América han nacido de la misma manera, fundando su identidad en el integrismo religioso, en el privilegio político de una fe religiosa y de una pertenencia étnica. La hegemonía norteamericana al comienzo del nuevo milenio marca el fin del Iluminismo y de la democracia moderna. ¿Pero esta hegemonía está destinada a durar?
3. Puritanismo digital ¿De qué cosa querían purificarse los puritanos? Podríamos decir que las vicisitudes mismas de la colonización de 1620 en adelante mostraron que los peregrinos querían crear una comunidad purificada de la tradición cultural; del ethos, de la historia y de las escorias que ella transfería sobre la vida real, oscureciendo los principios morales y religiosos. La historia norteamericana parece desplegarse sobre una tabla rasa, o más bien sobre una frontera que se desplaza progresivamente en un espacio sin historia. A diferencia de lo que ocurre en Europa después de la Revolución Francesa, en el nuevo continente no existe un pasado feudal del cual redimirse, no existe la fuerza de la tradición que frene e influencie los procesos de transformación social. No existe el peso de las identidades étnicas o de los conflictos religiosos o nacionales que obstaculice el desarrollo de la economía industrial. En la historia política norteamericana no existe un punto de vista conservador, asimilable al conservadurismo de Edmund Burke. “La riqueza, más que la familia o la tradición, es la determinante primaria de la estratificación social. Además, la ausencia de un pasado feudal quiere decir que no existen clases interesadas en la defensa del orden pasado.” (Degler: 1970, p.5). Sobre el plano político, observa además Carl Degler, “todos los norteamericanos, prescindiendo de su clase social, han compartido una común ideología de liberalismo whig lockeano”. La fuerza del pasado es reducida a cero: a la que encontramos de frente es a la frontera, el futuro sin contaminaciones y sin resistencias. El puritanismo norteamericano es antes que todo esta pureza del horizonte, este purificarse de toda impureza contenida en el pasado. El origen, que pesa como una ilusión obsesionante en la historia eurasiática, es cancelado en la aventura del Mayflower que atraviesa el océano perdiendo gran parte de su equipaje, para llevar en el nuevo continente sólo los seleccionados, aquellos que, verdaderamente puros, pueden dar vida a una comunidad en la cual cada elección será elegida, absolutamente binaria, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, sin el peso comprometido de las herencias sociales, étnicas, culturales, eclesiásticas. Se va prefigurando un universo llano, predispuesto a una percepción ética de tipo binario. La racionalidad religiosa y civil se debe emancipar de las emociones de las raíces, de las pertenencias. La distinción entre religioso y laico es cancelada, y el lugar en el cual ocurre esta cancelación no es religioso, sino más bien secular. Cada cristiano, en su vida cotidiana, en su actividad económica, encarna en su pureza los principios de lo cuales la comunidad saca sus orígenes. La tecnología no es más que la manifestación del arte divino que se realiza a través del obrar humano: la visión de la tecnología como eupraxia, esto es, como correspondencia entre el arte del hombre y el arte divino anima a los primeros colonizadores y crea los presupuestos de la Tecno-civilización. En su libro sobre la historia de la filosofía norteamericana, Schneider escribe que “la escolástica puritana, criticando el aristotelismo en nombre de un retorno a la pureza de la revelación, concibe a Dios en términos de techne, no de sustancia” (p.32). Se va así constituyendo un dios mentalista y funcionalista, que actúa sobre la mente de los hombres condición de que ellos purifiquen su mente de toda referencia a las incrustaciones del devenir cultural. La idea de que la historia sea un texto a interpretar, y que el mundo sea reducible a verbalización, es el pasaje esencial que abre el camino a la instauración de la lógica binaria, puramente operacional. La obsesión de la pureza sobre la cual los peregrinos que desembarcaron en Plymouth en 1620 quisieron edificar el nuevo mundo era pureza cognoscitiva, y puede ser definida como reducción del mundo concreto a la textualidad. Solo lo que es verbalizable es real. Todo lo real es por lo tanto verbalizable. Y lo que no se reduce a lo verbal no existe, o más bien es sugestión demoníaca. “El problema primario del protestantismo es la fijación sobre la palabra: el estudio de la Escritura es su corazón. Ningún mediador carnal es necesario entre el alma y Dios; ninguna imagen de santos, Madres o divinidad es permitida, incluso si algún retrato del Buen Pastor ha comenzado a infiltrarse en alguna denominación en el último siglo. En el Catolicismo italiano y español por el contrario, existe un constante derecho reclamado a los sentidos.” (Camille Paglia: 1992 p.29) Esta purificación de la vida de todo elemento de emocionalidad, esta reducción a la abstracción del código crea las condiciones para una potencia operacional que reencontramos en toda la historia norteamericana como potencia de la tecnología. Mientras la historia de la Revolución Francesa se confrontó con las estratificaciones sociales, nacionales, antropológicas que volvían al espacio europeo densísimo, obstruido por el pasado feudal, la historia de la Revolución norteamericana se despliega en un territorio en el cual no está marcado pasado alguno. Es en este territorio depurado que puede tomar forma un modelo neo-humano, un modelo de ser humano desensibilizado a las asperezas del analógico histórico-emocional. Sensible al código, sin embargo, es por esto hiper-potente, potente a un nivel bunkerizado, a un nivel virtual. Es en el espacio depurado que puede tomar forma la tecnología, la práctica, la cultura y el imaginario digital. Pero para una perfecta operacionalidad y una perfecta security de la existencia social debe cumplirse la digitalización del planeta, y con este fin es necesario remover las estratificaciones, quitar las impurezas acumuladas durante el curso de la historia humana: limpiar el mundo. Virtualización y solución finalDerrotado el arcaísmo futurista nipon-alemán en 1945 y derrotado el hombre nuevo de la ideología en 1989, esto es, la potencia norteamericana asomándose a la escena del mundo como portadora de un futuro posthumano: la clase virtual ha podido formarse en el mundo puritanizado, y ha asumido la tarea productiva de cuadricular digitalmente el universo. Pero la formación psico-cognitiva de la clase virtual la vuelve progresivamente cada vez más incapaz de comprender y hasta de percibir lo que no es reducible a información, lo que no se presenta como texto interpretable, lo que no se puede leer a través de un código binario. Una ciertamente muy notoria característica de los norteamericanos, su incapacidad de percibir los matices de significado, los guiños, la ironía, es conectada con esta progresiva reducción de la sensibilidad, esto es, de la capacidad de comprender lo que no es verbalizado ni verbalizable. Deriva de aquí la amortiguación de la sensibilidad analógica en la cognición colectiva de la comunidad norteamericana, y la incapacidad de aprehender la historicidad de las culturas y de las formas de vida, de prever y de descifrar las consecuencias emocionales que la acción técnica y política pueden tener en el tejido sensible de la sociedad “humana” (la que es, de paso, no sintética, aún no llevada a la perfección de la virtualidad). La clase virtual debe reformatear la mente global si quiere entrar en contacto con el mundo. Pero el mundo histórico y cultural resiste a este reformateo no por motivos ideológicos, sino por fuerza de su propia inercia material, carnal, emocional. El enfrentamiento con el Islam es la tercer gran prueba que Norteamérica debe afrontar para cumplir con su vocación de potencia global virtualizante, esto es, capaz de transformar la vida de la humanidad a través de la emanación de algoritmos ético-funcionales, y de transformar el planeta a través de la emanación de algoritmos técnico-operativos. Pero el plano de consistencia sobre el cual se desarrolla el proyecto norteamericano lo vuelve incompatible con la historia humana, porque la clase virtual, encargada de cumplir el proyecto de virtualización del universo, no está en condiciones de comprender lo que no es interpretable en base a un código. El contacto entre lo neo-humano que se manifiesta en el sistema tecno-político norteamericano y lo demasiado humano de la vida planetaria produce por lo tanto un conflicto incurable porque es incomprendido e incomprensible por ambos contendientes. Y en la relación entre Norteamérica y el Islam este conflicto se manifiesta en su forma más explosiva e irreductible. No se trata en rigor de una guerra. La guerra, así como se la ha conocido en el curso de la historia humana, es la confrontación militar entre entidades que se encuentran sobre el mismo plano de consistencia cognitiva y técnica. No podemos definir como guerra, por ejemplo, el exterminio de los indígenas por para de los españoles en el Nuevo Continente. No existían las condiciones de una guerra y el exterminio fue producido preponderantemente por efecto de epidemias virales difundidas involuntaria e inevitablemente por los invasores en el cuerpo vivo de la población colonizada. No fue una guerra ni siquiera el exterminio de la población judía por parte de los nazis. Cuando una comunidad es agredida por una civilización de potencia técnica incomparablemente superior, o cuando la agresión se verifica en términos que no son comprensibles por parte de los agredidos, no se trata de guerra, se trata de “solución final”. Algo de este género se está verificando al inicio del tercer milenio, y el Islam es la primera víctima de esta solución final de la humanidad por parte del neo-humano. Hiroshima fue una experimentación: pero en décadas sucesivas la bomba atómica ha dejado de ser pertenencia exclusiva de pocas grandes potencias; en las últimas décadas, los poseedores de las tecnologías necesarias para producir mecanismos nucleares se han multiplicado y en las próximas décadas la bomba podría volverse propiedad de organizaciones terroristas y criminales, y hasta podría ser usada para regular conflictos locales de tipo económico o territorial. Este escenario justifica el principio de intervención militar destructivo-preventivo, justifica el exterminio sistemático para que se pueda cumplir la virtuosa virtualización que la potencia norteamericana está intentando imponer al mundo removiendo aquellos obstáculos físicos y cognitivos que son la historia y la cultura humana. Para el bien de la humanidad se ha vuelto urgente la eliminación cognitiva y física de la humanidad. 4. Tortura y puritanismo De Cotton Mather a Abu Ghraib Cotton Mather fue uno de los más notorios representantes del espíritu puritano existentes y operó a fines del siglo XVII, y una de las actividades en las cuales se distinguió fue la persecución de la brujería y de los indios piel roja con los cuales tuvo ocasión de ponerse en contacto. En su Historia de la filosofía norteamericana, Herbert Schneider lo describe así: “Cotton Mather, un viejo y pomposo intelectual teocrático, pensaba que su deber profesional consistía en hacer el bien... Él escribe Essays to be Good, y se pone a dar vueltas de casa en casa haciendo el bien dondequiera que sospechase la presencia del vicio. Se vuelve un concienzudo entrometido... Los puritanos más rígidos y severos concebían la benevolencia como una acción encaminada a hacer el bien a los otros, pensando que Dios mismo estaría interesado no tanto en su gloria como en la felicidad de sus criaturas.” (Schneider, p.48). Al inicio del siglo XXI, la presidencia Bush pone nuevamente en el centro de la atención política la felicidad de las criaturas de Dios a realizarse a través de una guerra infinita contra el mal, la impureza, primero la islámica y después se verá. El lenguaje de Bush está permeado por la certeza puritana de ser llamado por Dios para imponer sobre la tierra aquella perfección democrática que las culturas históricas humanas no están en condiciones de comprender ni de realizar. La guerra lanzada contra Iraq no tiene las mismas características que la guerra de agresión a Vietnam. En aquel caso se trataba de un intento de contener la expansión del comunismo apoyado por China y la URSS. Se trataba de una guerra bien delimitada, destinada a concluir con la victoria o con la derrota en aquel preciso territorio que es la Indochina. En efecto, cuando los norteamericanos se fueron de Saigón la cuestión se terminó, y los EE.UU. pudieron volver a ocuparse de sus cosas. La agresión contra el pueblo iraquí se inserta en cambio en una situación enormemente compleja, accidentada, y extensa. El bombardeo de la Mesopotamia, el área en la cual se inició el proceso de difusión de la civilización eurasiática, ha acelerado el proceso de formación de un ejército terrorista del islamismo radical. Millones de jóvenes de todo el mundo islámico cotidianamente asisten a las imágenes televisivas de la masacre que Israel lleva adelante contra el pueblo palestino, y a la violencia contra las poblaciones iraquíes. Es inevitable que muchos de ellos se estén preparando para enrolarse en un ejército que en las próximas décadas combatirá contra cada representante de la civilización occidental. Esta guerra interminable es la rendición de cuentas entre el proyecto de un mundo sanitarizado depurado de las impurezas antropológicas, religiosas, sociales, perfectamente recorrible por el flujo de capital (petróleo, mercancías, dinero, información) y un mundo cargado de memoria, de obsesiones identitarias, de resentimiento, de sangre, de sacralidad, y de venganza. Por el momento esta liquidación del parásito humano por parte de la máquina económico-militar posthumana no está funcionando. La agresión de 2003-2004, que debía constituir la primera etapa de la purificación del Medio Oriente y luego de Eurasia, no da por el momento los resultados esperados: el parásito integrista se refuerza bajo los bombardeos norteamericanos, y se transforma en un ejército terrorista. Cualquiera que sea la conclusión de este enfrentamiento –que venza el integrismo puritano virtualizante occidental o el integrismo misógino antimodernista islámico– la catástrofe para la civilización política moderna y para la democracia está asegurada. Por el momento, parece improbable que Europa consiga abrir un paso entre los integrismo contrapuestos. Tortura y puritanismo En el año 2004 ha hecho su aparición en el mediascape global un nuevo género de espectáculo: el war-porn. Las fotos y filmaciones de Abu Ghraib difunden imágenes de tortura y de humillación de jóvenes iraquíes registradas por los propios torturadores, mientras los terroristas islámicos ponen en circulación secuencias filmadas de decapitaciones. ¿Pero cómo ha podido ocurrir este cortocircuito de tortura-exhibicionismo-pornografía? La percepción puritana del cuerpo transforma la sexualidad en pornografía y la pornografía en tortura, violencia sobre el cuerpo. Y la tortura se representa como objeto pornográfico, en una espiral asesina. Los bravos muchachos del ejército norteamericano son la parte psíquicamente más frágil de la población norteamericana, rechazados de la sociedad competitiva, pobres diablos alistados para ir a arriesgar la vida mientras alguno recauda las ganancias de la Halliburton y de la Chevroil. Era totalmente previsible que los marines alistados para arriesgar la vida en una guerra sin sentido se comportasen como psicópatas. Previsible e incluso previsto. El Pentágono no ha solamente escondido la violencia, la ha incitado, teorizado, organizado. Las imágenes de Abu Ghraib nos dicen la verdad sobre el pueblo norteamericano, por lo menos sobre aquella parte del pueblo norteamericano que ha votado a George Bush. Susan Sontag (http://www.southerncrossreview.org/35/sontag.htm) se pregunta: “¿Qué cosa vuelve a ciertas acciones representativas y a otras no? La cuestión no es si la tortura es obra de individuos (no lo hicimos todos...), sino si ella es sistemática. Autorizada. Perdonada. Todos los actos son cumplidos por individuos. El problema no es si una mayoría o una minoría de norteamericanos cumple actos de este género, sino si la naturaleza de las políticas perseguidas por esta administración vuelve este tipo de actos probables”. Y todavía Sontag escribía: “Quizás la tortura es más atrayente cuando contiene un componente sexual. Las fotos de tortura son mezcladas con imágenes porno de soldados norteamericanos que tienen sexo unos con otros. En efecto, la mayor parte de las fotos de tortura tienen un tema sexual, como aquellas que muestran prisioneros obligados a tener o simular actos sexuales entre sí. Una excepción es la foto de un hombre obligado a estar de pie sobre una caja, encapuchado con cables eléctricos que descienden de sus brazos. Una mujer que arrastra con un lazo a un hombre desnudo extendido sobre el pavimento, es un clásico del imaginario de la dominadora. Es para preguntarse cuánto de las torturas sexuales infligidas a los detenidos de Abu Ghraib está inspirada en el vasto repertorio de imágenes porno disponibles en Internet, que tipos comunes buscan emular, mandando luego grabaciones de sí mismos… …Es difícil medir la creciente aceptación de la brutalidad en la vida cotidiana norteamericana, pero su prueba está por todas partes, comenzando por los videojuegos de asesinos que son la principal diversión de los chicos (¿para cuando un videojuego intitulado Interrogating the terrorists?), para continuar con la violencia en los ritos de grupo entre jóvenes, que se ha vuelto endémica. El crimen violento ha disminuido, pero la fácil delicia que se puede sacar de la violencia parece haber crecido. De los tormentos infligidos sobre estudiantes en muchas escuelas norteamericanas, descritos en Dazed and Confused de Linklater, del ’93, hasta los rituales de brutalidad física y de humillación sexual de las ligas estudiantiles de las universidades, y en los equipos deportivos, Norteamérica se ha vuelto un país en el cual las fantasías y la práctica de la violencia son vistas como un buen divertimento, fun. ‘Dejar desnudo a un hombre es una broma estudiantil’, dijo un oyente a Rush Limbaugh y a millones de norteamericanos que escuchaban la transmisión. ‘Es lo que pienso también yo’, ha respondido Limbaugh. ‘Aquellos muchachos han sido presionados todo el día, y al terminar la jornada querían divertirse un poco. ¿Jamás han oído hablar de relax emocional?’ Después de todo, estamos en guerra. Guerra infinita. Y la guerra es el infierno, más de lo que habrían esperado aquellos que nos han arrastrado en esta guerra marcha. En nuestra digital habitación de los espejos estas fotos no están destinadas a desaparecer. Una imagen vale mil palabras. E incluso si los gobernantes decidieran no guardarlas, existirán cada vez más fotos y videos. Irrefrenablemente”. 14.12.04
Traduttore, tradittore! Texto de Toni Negri ![]() Acá va una traducción que había quedado perdida en mis carpetas, de un textito de Toni que la verdad no sé dónde ni cuándo salió, aunque es bastante reciente... ¡Que lo disfruten! El arte y la cultura en la época del Imperio y en el tiempo de las multitudes Antonio Negri
1. La crítica de la cultura frecuentemente se repite. ¿Con razón o injustamente, respecto a nuestro actual posicionamiento? Cuando en 1947, al término de la segunda guerra mundial, Max Horkheimer y Theodor W. Adorno publican la Dialéctica del Iluminismo, un nuevo modelo crítico, tan singular como capaz de ser reproducido, diferente y dispuesto a ser repetido, sale a la luz. Reflexionando acerca de la Europa devastada del fascismo que habían dejado tras sus espaldas y sobre la sociedad norteamericana que los había acogido exiliados, Adorno y Horkheimer consideran la tendencia del Iluminismo a volcarse en su contrario, no sólo en la abierta barbarie del fascismo sino también en el sometimiento totalitario de las masas a través de las nuevas adulaciones de la industria cultural. Fascismo europeo y mercantilización norteamericana eran puestos en el mismo plano. Desde entonces (fines de la segunda guerra mundial) hasta hoy, aquel juicio sobre la cultura occidental se ha confirmado a medida que el Imperio se ha ido constituyendo. La conversión del fascismo en la mercantilización de la cultura se realizaba sin solución de continuidad: se distribuía sobre toda la faz del planeta y las telecomunicaciones desde allí devenían el instrumento de difusión fundamental… A la corrección de la imagen, seguía la universal prostitución del turismo, y miles de otras desfiguraciones del gusto. Miren los canales de Murdoch y tendrán la verificación de que el modelo adorniano de crítica de la cultura ha verdaderamente descubierto la ontología del nuevo mundo. La reconversión de este mundo al fascismo, su reconstitución según módulos de guerra, su corrupción a través de imágenes degradantes: bien, todo esto conoce hoy exponentes multiplicativos… ¡Finalmente la TV se ha vuelto interactiva, produce cultura trash y construye una audiencia adecuada! La escucha requiere nuevas producciones trash y así el círculo se perfecciona. La neutralización de la información sigue las mismas leyes del aplastamiento de las pasiones: si el romanticismo y el clasicismo son ambos reducidos a signo insignificante, la verdad o es controlada o es vulgar. El modelo adorniano se ha exasperado: los elementos de innovación, en la crítica de la cultura, que él contenía a fines de la segunda guerra mundial, se han hecho banales. La indignación no es más algo posible. Aquí entonces la crítica de la cultura necesariamente se repite. Dentro y contra esta máquina infernal, que globaliza la cultura en el momento mismo en el cual desgarra y pervierte sus valores, se alza siempre un alma. Sin embargo, mientras el círculo de la comunicación cultural es perfecto y autosuficiente, el recorrido del alma puede sólo nutrirse de otro: del deseo de los cuerpos, de la libertad de las multitudes, de la potencia de los lenguajes. En el abstracto cascada de la comunicación telemática algo se subjetiviza: es el alma de la multitud. En el mundo de los signos pervertidos algo produce simples signos de verdad: Miren Basquiat, signos infantiles, descripciones utópicas… Si la producción es lingüística, es a través de la lengua que la subjetividad se coloca. Lo abstracto de la comunicación deviene el cuerpo de las singularidades… Así nace la multitud. 2. La TV busca reconstruir, a imagen y semejanza del patrón, en general, de la función de comando, el mundo visible. Ella es interactiva hacia la base, la domina, la desintegra, finalmente la produce. Las guerras son narradas según lenguajes que van desde el oscurecimiento de la realidad a la narración de globales fantasías. La documentación de la guerra se vuelve videojuego. Sin embargo cuando la multitud se descubre al interior de la neutralización de la vida, entonces toda aquella construcción tiembla y se viene abajo. Comenzó en Vietnam, la desmistificación multitudinaria de la verdad del poder: bastaron pocos fotógrafos, y algún soldado filósofo, para mostrar de qué lágrimas y de qué sangre chorreaba aquella guerra. Desde entonces el mecanismo de desmistificación y la capacidad de morder el mundo vivo, se han vuelto virus y se expanden con la violencia de una epidemia. Tomen Génova, donde (durante las manifestaciones contra el G8) la policía desarrollaba su guerra de baja intensidad contra pacíficos manifestantes, acusándolos –a través de los medios de información– de ser bandas de malhechores. En vano, la multitud poseía en efecto más máquinas de foto y video que la policía, infinitamente de más, en cada familia entraba la imagen del policía asesino… La multitud se rebelaba a través de su capacidad de producción de imágenes, haciendo rebelde la abstracción de los signos. No existía más la posibilidad de transformar el mundo sólo interpretándolo: el último proyecto de la filosofía, hecho propio por aquellos comunicadores que Adorno habría llamado fascistas, no se da más. Como decía un viejo barbudo, la única interpretación posible del mundo consistía en su transformación. Si así están las cosas, la Dialéctica del Iluminismo se ha finalmente agotado, extinta en la producción capitalista de imágenes repetitivas (“la historia se acabó”) y sustituida por la nueva producción del deseo. Lo abstracto que había sido mercantilizado, es ahora quizás redimido por la iniciativa de las multitudes. Adiós Adorno, adiós realismo y repetición del modelo crítico moderno: aquí la crítica de la cultura se instaura sobre un terreno nuevo, el de la multitud, el de la posmodernidad. Quizás la multitud no produce más utopía, sino disutopía, la capacidad de estarse dentro, la capacidad de excavar el lenguaje desde adentro, de hacer salir el deseo material de la transformación. 3. La disutopía de las multitudes no vive abstractamente sino más bien de manera biopolítica. Esto significa que la cultura es reconocible en formas estructuralmente densas, viventes. Cuando se habla de biopolítica se miran el comando y la violencia, por así decir, desde abajo, esto es, desde el punto de vista opuesto a aquel del cual emana el biopoder. Y sin embargo no existe aquí la posibilidad de aprehender una dialéctica de lo alto y de lo bajo, de un arriba o un abajo contrapuestos a un abajo o a un arriba. La multitud es un conjunto de singularidades, proliferantes, capaces de expresar nuevas determinaciones lingüísticas. La dialéctica clásica lleva a lo uno: esta nueva dialéctica es en cambio caótica –las multitudes son conjuntos de átomos que se encuentran según clinámenes siempre intempestivos y excepcionales. No existe dialéctica pues como contraposición entre el vivir dentro de las estructuras del biopoder y recorrerlas libremente, de manera antagonista, como sujetos biopolíticos. Hoy el único problema que nos toca, cuando miramos las nuevas determinaciones culturales sobre el espacio imperial, es el de aprehender el cruce, la determinación del acontecimiento, las innovaciones que recorren el conjunto caótico de las multitudes. Se trata de entender cuándo la expresión biopolítica gana contra la expresión del biopoder. No existe síntesis ni Aufhebungen, existen sólo oposiciones, expresiones divergentes, multiplicidad de tensiones lingüísticas que van en todos los sentidos. El pasaje de la modernidad a la posmodernidad es caracterizado por la desmesura que lo posmoderno introduce: desmesura como final de todos los criterios de medida que el racionalismo moderno había propuesto e impuesto. Aquella medida, aquella racionalidad instrumental que en la edad de oro de la modernidad (entre el humanismo y Descartes) se imponen espontáneamente; que en la edad plateada de la modernidad de Hegel a Bergson son expresadas como síntesis metafísica de un mundo ordenado; que en la fase de bronce de la modernidad son hechas valer con la violencia de la racionalidad instrumental a la Weber y de la planificación keynesiana –bien, aquella medida y aquella racionalidad han terminado. No es simplemente verdadero, como decía Adorno, que luego de Auschwitz la poesía no es más posible, y tampoco es simplemente verdadero que luego de Hiroshima, como decía Günther Anders, toda esperanza está muerta: poesía y esperanza son revividas por las multitudes posmodernas, pero ellas no tienen más medida homogénea con la poesía y la esperanza de la modernidad. ¿Cuál es pues el nuevo canon de la cultura posmoderna? Nosotros no lo sabemos, pero no está dicho que tenga que hacerse. Lo que sabemos es que esta gran transformación se agita en la vida y es en la vida que ella expresa nuevas figuras: figuras sin medida, desmesuras formales. Monstruos. 4. La innovación posmoderna es pues monstruosa. Dos son las características de esta monstruosidad: su ser en la falta de medida y su desmesurado devenir ontológico. Comencemos, por lo tanto, a hablar del monstruo siguiendo de manera específica estas dos características. Y comenzamos por su devenir ontológico. Ya ha sido indicado: las expresiones vivientes de la nueva cultura no nacen como figuras sintéticas sino como acontecimientos, intempestividades, devienen dentro de una genealogía de elementos vitales que constituyen innovación radical y formas de la desmesura. Algunos filósofos contemporáneos, siguiendo esta nueva fuerza expresiva de la posmodernidad, han buscado calificarla: ya en Lacan la ausencia de medida de la novedad y del arte, de lo significativo en general, era subrayada; en Derrida la productividad del margen, diseminándose, busca nuevos órdenes; Nancy y Agamben, de una u otra manera, cortan flores de estos prados del extremo límite… No existe nada que califique positivamente, en todos estos autores, la monstruosidad de la innovación, y sin embargo hay en ellos el sentimiento agudo y la intensidad de la exasperación ontológica. Cuanto más son improductivas y ausentes, tanto más las nuevas formas se dan y deslizan en el ser. Allí se hunden o se ahogan. Tratan de respirar entre arenas movedizas. Pero en realidad, lo que aquellos autores no perciben, es que esta materia en la cual han aceptado sumergirse es la arcilla constructiva de nuevos mundos. La dimensión ontológica no linda con el borde de la nada sino que se nutre de la constitutividad de los hombres que actúan, temerosos y sin alternativa, su vida en aquel margen imposible. La dimensión ontológica no se confía al comando de un capital cada vez más parasitario, sino que se desarrolla en la intelectualidad multitudinaria de los trabajadores inmateriales, móviles, flexibles, precarios, desesperados de poder ser. La dimensión ontológica sale de una serie de paradojas: el devenir–mujer del trabajo, la conjunción de la razón y de los afectos en la producción. Y podríamos continuar sin pausa definiendo esta ambivalente pero radical condición ontológica que implica siempre el posicionamiento de quien vive este pasaje de la modernidad a la posmodernidad. El monstruo nace dentro de la dimensión ontológica. Pero precisamente, esta dimensión ontológica del caos innovador tiene, como segunda característica, la ausencia de medida. El monstruo es la ausencia de medida, o bien una nueva medida: ¿pero quién sabrá decir, en la transición, lo negativo o lo positivo, el éxodo o la capacidad constituyente? Entre el 1600 y el 1700, en la indagación de la naturaleza, los hombres de ciencia buscaban curiosamente las deformidades y el Rey las coleccionaba en museos del horror. Atención sin embargo: para ellos la desmesura era apología de la medida: lo horroroso, como lo sublime, devuelven el alma al deseo de orden. Cuántas gallinas con tres cabezas, cuántos fetos plurigemelares o plurisexuados, cuántas distorsiones o deformidades físicas han sido coleccionadas en aquellos museos de lo extraordinario y de las desviaciones anatómicas. Geoffroy Saint-Hilaire nos ha dejado enciclopedias históricas de las anomalías de la organización natural y hasta de los intentos de determinar las leyes y las causas de la monstruosidad, de las varias edades y de los vicios de las formaciones naturales. Inclusive todo esto tiene un nombre: teratología. Ahora bien, hoy la nueva figura posmoderna de la monstruosidad no es teratológica. Es simplemente la vida que se expresa de otra manera, es el híbrido que máquinas singulares del existir en el caos desean construir entre géneros humanos y animales, es la esperanza y la decisión de una vida que no es jerárquicamente ordenada ni prefigurada por una medida. Aristóteles, y antes de él gran parte de la filosofía antigua (en todo caso, la que ha sido elevada a memoria de la humanidad) nos dice que el origen del ser es también el de su orden y su medida, que el arché es al mismo tiempo principio y comando. Este eugenismo ha sido retomado en aquella modernidad que en la antigüedad ha buscado la legitimidad de sus estilos. La indicación del monstruo es la negación del eugenismo clásico y moderno, es exposición de un proceso ontológica que ha abandonado la esencia como principio. Quizás nuestro camino nos lleva dentro de selvas oscuras y nuestra capacidad de orientación de tanto en tanto se confunde: pero es este caminar preguntando, es esta ausencia de origen ordenado y medido que no podríamos menos que reivindicar. Es una tensión que desquicia todo preconcepto; no sólo todo preconcepto sino toda prefiguración; no sólo toda prefiguración sino toda matriz unitaria, espacial o temporal; y es aquí que se abre una creatividad convulsa instaurada en medio del ser… No genealogías de vanguardia, sino historia concreta de multitudes, de singularidades. Monstruosidades antropológicas. Luego que un bosque es incendiado, el terreno se fertiliza. Han incendiado el bosque (pero él se mueve) y nos volvemos selváticos, libres como pájaros, a habitar una nueva naturaleza. 5. Las dimensiones de la globalización son vecinas a la desmedida. En todo caso, el mundo no tiene más “afuera”. no hay “afuera” así como no ha precedentes. Miremos la antropología cultural, así como se ha formado y ha venido luego desarrollándose: era el hombre europeo que la habitaba centralmente, y el que tenía dos afueras: el primitivo y el indígena, o sea el bárbaro. Un precedente antropológico y un afuera político. El hombre europeo constituía el punto central que todo el resto de la civilización ambicionaba. Tanto el mercado como las figuras estéticas, la moneda como el hábitat, el Welt como el Umwelt: la historia se desplegaba hacia un monopolio que era el del hombre europeo –aquel que le antecedía, era primitivo; aquel que el europeo dominaba, era bárbaro o indígena. Pero si con la globalización, el espacio humano no conoce más límites sino sólo un límite, uno solo, su externa circunferencia, entonces una vez alcanzado este límite, toda expresión ulterior no puede más que volverse hacia el interior. Hay un hilo rojo que da sentido a esta máxima extensión de la autorreflexión: es ciertamente el último prometeísmo, el último universalismo de la cultura burguesa, pero quizás podría ser también definido como la primer determinación del Gattungswesen de una humanidad liberada. Toda la historia que ha precedido a la mundialización nos ha conducido a aquel límite: él quería ser el signo de la extensión del dominio de la cultura occidental pero en al mismo tiempo revela el máximo, y a veces monstruoso, efecto de un proceso de contradicciones y de luchas, de la genealogía de un sujeto que se quiere incontenible pero está allí, dentro de aquellos límites. La escena del mundo no es por lo tanto simplemente un horizonte: es una verdadera y propia escenografía, y los materiales escenográficos (después de los Ballets Rusos) se han vuelto parte del drama. La escena del mundo es conjuntamente ilimitada y finita, vive de esta confrontación monstruosa. Encima de ella puede predicarse el fin de la historia y la total realización de ésta. Cada obra alcanza un significado estético cuando logra corroborar (afirmándola o negándola) esta paradoja. El mundo se ha vuelto enorme y al mismo tiempo muy pequeño, nos encontramos en una situación pascaliana. Pero no hay más Dios. El espacio es liso y superficial, la inmanencia del valor se confía solamente en las obras de los hombres. ¿Qué cosa quiere decir ser artistas dentro de esta situación? 6. ¿Qué cosa quiere decir hacer actuar al monstruo sobre la nueva escena del mundo? Significa mirarlo obrar dentro de un proceso de metamorfosis antropológica, significa identificarlo en la mutación. Esta mutación es espacial –lo hemos visto– pero es también temporal: es en el tiempo que el fin de la historia, cuando la civilización occidental burguesa ha alcanzado el límite del mundo, se realiza. La síntesis espacial del aquí y del mundo quiere absorber la temporalidad del ahora y del infinito. La metamorfosis antropológica se despliega en torno a estas paradojas conjuntas. La posmodernidad es esto. Es una gran narración totalmente monstruosa… En efecto, la carne de los acontecimientos humanos no termina siendo realizada en aquella unidad de tiempo y lugar que la narración exige. La carne no se hace cuerpo. La carne rebasa sobre cada lado de la expresión artística, sobre cada borde del acontecimiento global. Existen enormes pasiones que corren dentro de esta imposibilidad de hacerse cuerpo de la carne. Una vez, durante la gran época que precedió el ’68, esta incapacidad de hacerse cuerpo de la carne era experimentada como apertura utópica. Utopía artística: las vanguardias literarias y estéticas debían crear utopía. El fin del mundo se avecinaba en la medida en que la utopía lamía la extrema capacidad de la praxis colectiva de construir lo real. Como para los grandes autores protocristianos, el objetivo, la obra maestra, era el Apocalipsis… Pero en la posmodernidad, aquí en nuestra casa, ahora, ya no es posible ser proféticos. Nosotros pensamos en el Apocalipsis sin ser profetas, hablamos de vanguardia sin ser utopistas: el mundo se ha realizado, la atención es totalmente interna, las vías de fuga se han interrumpido. Tenemos sólo la posibilidad de transformar el mundo desde adentro. “Otro mundo es posible” implica un éxodo que va hacia nosotros mismos. Cada vez que el límite es tocado (y es un límite que no tiene afuera, que no puede ser superado), no podemos más que reconcentrar la atención sobre el kairòs actual… ¿Pero qué cosa es el kairòs? En la cultura griega era aquel instante de tiempo que el lanzar de la flecha marcaba: aquella era una civilización que concebía aún un futuro y por consiguiente una relación entre el dejar partir la flecha y el verla llegar. La flecha lanzada en el cielo podía alcanzar las estrellas. Aquí en cambio kairòs es la flecha que nos toca el corazón, es la flecha que vuelve del límite estelar. Kairòs es la necesidad (pero también la posibilidad) de construir sobre sí mismos. Es la posibilidad de transformar los cuerpos, no tanto y no sólo de mestizarlos hacia el exterior, sino de construirlos y de hibridarlos en el interior. Es la posibilidad de hacer política volviendo a traer todos los elementos de la vida a una reconstrucción poética. En el concepto mismo de “biopolítica” está este proyecto constitutivo. En fin, cuando vivimos en la globalización, cuando vivimos dentro de un mundo de límites insuperables, cuando la revolución copernicana se ha definitivamente agotado, y Tolomeo y la centralidad del kairòs se han vuelto el exclusivo punto de referencia, cuando todo esto se ha dado, ¿qué significa desarrollar el espíritu creativo y constitutivo del hacer artístico? Cuando la única posibilidad de acción, artística y ética, consiste en el ponerse en acción desde dentro del ser, y es por consiguiente acción biopolítica, entonces cada hacer es un transformar la esencia misma, física y espiritual del cuerpo humano; cuando la estructura de lo social ha se ha vuelto tan central y el mundo se ha vuelto tan pequeño y limitado que no existe más posibilidad de salir de este hábitat y no se dan más ilusiones utópicas (de otros topoi); bien, ¿entonces qué significa hacer artísticamente? Significa construir nuevo ser, significa reflejar hacia el interior el espacio global, hacia la existencia de la singularidad. ¿Significará esto moverse para interrumpir la muerte, para disolver los límites interiores de la máquina global? El monstruo nos promete esto. 7. La multitud es el único sujeto que puede lanzar este desafío creativo a la muerte. La multitud es un conjunto de singularidades, pero también la singularidad es un conjunto de multitudes. La multitud es un conjunto de cuerpos pero cada cuerpo es una multitud de cuerpos. Esta máquina lucha por la vida, lucha en la vida, contra la muerte. La acción de la multitud no es otra cosa que esta proliferación continua de experiencias vitales que tienen en común la negación de la muerte, el rechazo radical y definitivo de lo que para el proceso de la vida. El mundo global, así como lo conocemos, así como el Imperio que lo custodia en el orden político, es un mundo cerrado: está sometido a la entropía del agotamiento del espacio y del tiempo. Pero la multitud que actúa dentro de este mundo cerrado ha aprendido a transformarlo pasando a través de cada uno de los sujetos, de cada una de las singularidades, que componen este mundo. Cuando creíamos que la historia era finita, dice en algún lado Foucault, percibimos que ella se renovaba sobre la vertical de nosotros mismos… Así es lo que sucede con nosotros, con nosotros multitud, con nosotros cuerpo de multitudes. Es únicamente en nuestra transformación, y en una lucha feroz contra la muerte, que se abre la acción de la multitud. Esto me parece que es el significado del arte en la época del Imperio y en el tiempo de las multitudes. 3.12.04
Texto de Bifo sobre EE.UU. KKK Franco Berardi “Bifo” traducción: Emilio Sadier, Noviembre de 2004, Buenos Aires, Argentina. El Ku Klux Klan es una organización fundada en 1862, después de la derrota de los confederados esclavistas. El fundamento de esta organización es el sentimiento de pertenencia a la comunidad cristiana, y la supremacía de la raza blanca. http://www.k-k-k.com/ La fuerza del nuevo oscurantismo, que las grandes corporaciones están montando para consolidar su dominio sobre el planeta como la burguesía industrial alemana montó el nazismo en los años ’30, tiene una base popular mayoritaria. Tendríamos sobre esto una razón. Contra los estúpidos incluso los dioses son impotentes. Imaginémonos contra la fuerza organizada de la estupidez de masas. Algunos esperan que el segundo mandato de Bush sea más moderado y razonable que el primero. A mí me parece improbable. Es verdad que el aparato militar de los EE.UU. ha mostrado no poder garantizar la intervención en diversos escenarios de guerra al mismo tiempo. Pero en los próximos cuatro años podría desarrollarse una tendencia que hemos ya visto en acción en Iraq: la formación de ejércitos mercenarios asalariados de parte de agencias económicas, empresas globales de la guerra que recultan pobres de cualquier país para mandarlos a combatir en lugares en los cuales se encuentran los recursos energéticos. Las empresas globales de la guerra serán en parte financiadas por los estados occidentales (por el suministro de servicios de seguridad), en parte se pagarán con las rentas del petróleo y de otros recursos rapiñados a los territorios sometidos. Ellas tendrán una doble misión: someter militarmente los territorios en los cuales se encuentran recursos de interés vital, y eliminar una parte excedente de la población terrestre. Si no se quiere por medio de una redistribución de la renta y de los recursos, y por consiguiente modificando el tenor de vida de los occidentales, el único camino es el de un Holocausto planetario. “El tren de vida de los norteamericanos no es objeto de negociación”, dijo George Bush cuando decidió no adherir al protocolo de Kyoto, con el cual (tardíamente) se buscaba poner remedio a la devastación del ambiente planetario. Aquellas palabras contienen un mensaje explícito: la minoría que consume la inmensa mayoría de los recursos del planeta no quiere poner en discusión su predominio y en consecuencia declara la guerra a la humanidad misma. La derrota de Kerry marca campanas de muerte para la izquierda que viene del siglo XX. Aquella izquierda no vencerá nunca más. Si incluso (como podría ocurrir en Italia en el 2006) ganase las elecciones sería sólo para hacer precipitar posteriormente la situación, para reforzar el racismo y el fascismo. En el campo de la política nadie tiene el coraje de decir una cosa simple: las expectativas que se han sedimentado en la psiquis occidental (y no sólo occidental) son el obstáculo. Las expectativas son lo que es necesario transformar. El sistema de las formas de vida heredadas de la época del desarrollo alimenta hoy el racismo, la guerra, el terror. Es preciso abandonar y modificar las expectativas de expansión económica, de mayor consumo, las expectativas de seguridad que la izquierda comparte con la derecha, aquellas que la izquierda afirma poder satisfacer mejor que la derecha. Los lugares comunes de la política mundial son el problema, el obstáculo, el punto ciego. Esta izquierda no lo entenderá jamás. El eje del pacífico y la identidad norteamericana
En un artículo distribuido por el Global Viewpoint y publicado por el Herald Tribune, Henry Kissinger sostiene una tesis interesante: la victoria de George Bush es el signo del definitivo desplazamiento del eje político del mundo del Atlántico hacia el Pacífico. “La generación que ha formado la relación atlántica ha salido de la escena. En los EE.UU. el centro de gravedad político ha pasado a sectores del país cuyos representantes tienen menos contactos personales con Europa”. Esto significa que el patrimonio común de las revoluciones modernas, depositado en la Declaración de Independencia norteamericana y en la Declaración de los derechos del ’89, no está más en el horizonte norteamericano. La era atlántica deja el paso a la era pacífica, y el capitalismo norteamericano, heredero del nazi–cristianismo puritano debe prepararse para competir con la potencia del colectivismo imperial chino. La guerra santa desencadenada contra el Islam de parte del KKK es una guerra preventiva contra China. Controlar las fuentes de abastecimiento petrolífero en las próximas décadas querrá decir tener a China bajo el chantaje. En su último libro titulado Who are we?, Samuel Huntington elabora los principios del integralismo identitario puritano que forja a su entender los fundamentos de la nación norteamericana. Huntington está obsesionado por la identidad norteamericana como se entiende del patético título. Sus consideraciones sobre la identidad, que ocupan el primer capítulo son banalidades de mesa de café. El concepto de identidad es evidentemente demasiado ambiguo como para poder ser comprendido por un cerebro integrista puritano. Pero la parte interesante es aquella en la cual el profesor Huntington reflexiona sobre la alternativa frente a la que se encuentra hoy la identidad norteamericana. América, explica Huntington, funda su identidad sobre dos pilastros: aquel de la Declaración de Independencia, esto es, el principio iluminista de la libertad y de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, y la cultura puritana de los primeros colonos que desembarcaron en la costa oriental en 1607 y 1620. Hoy es necesario escoger cuál fundamento es más esencial para la definición de la identidad norteamericana. “Se dice que América es una nación de inmigrantes y que la identidad norteamericana está definida únicamente por un conjunto de principios políticos, el Credo Americano. Existe mucha verdad en esto. La inmigración y el Credo son elementos claves de la identidad nacional norteamericana. No son identidades equivocadas, pero son sólo identidades parciales. Ni una ni la otra nos dicen toda la verdad sobre América. No nos dicen nada a propósito de la sociedad que había atraído a los inmigrantes o su cultura que produjo aquel Credo. América es una sociedad creada por colonos de los siglos XVII y XVIII que vinieron todos de las islas británicas. Sus valores, instituciones y cultura proveyeron los fundamentos y el modelo para el desarrollo de América en los siglos sucesivos. Inicialmente ellos definieron América en términos de raza, ética, cultura, y sobre todo en términos de religión. Luego en el siglo XIX debieron también definir a América en el plano ideológico para justificar su independencia de los compatriotas ingleses (Huntington, 2004, p.38). Abandonando la tradición iluminista Huntington afirma que la base de la convivencia norteamericana no está en la Ley, sino en la kultur anglo–sajona y puritana. “Los orígenes de América se deben buscar en la Revolución Puritana inglesa. Aquella revolución es en efecto el acontecimiento formativo más importante de la historia política norteamericana. América fue creada como una sociedad protestante precisamente como y por algunas de las mismas razones por las cuales Pakistán e Israel han sido creados como sociedad Musulmana y sociedad Hebrea, en el siglo XX” (Huntington, 2002, p.63). Pakistán e Israel son dos estados integristas, que violan el principio fundamental de la civilización iluminista y moderna según el cual el Estado no puede diferenciar a los ciudadanos en función de su credo religioso. Dos años después de la muerte de Adolf Hitler, el nacimiento de Pakistán e Israel marca el regreso de la concepción etnicista del estado nacional. Ahora el profesor Huntington nos explica que los Estados Unidos de América han nacido de la misma manera, porque la identidad profunda de los EE.UU. no está en el valor universal de la Ley, sino en el valor particular de la Cultura, en el predominio de una religión étnicamente definida. En este sentido en América ha tomado el poder el KKK. Escenarios imaginables
¿Y ahora? ¿Cómo reaccionará la sociedad norteamericana a la dictadura cultural que se ha instalado? ¿Cómo reaccionarán las clases del trabajo cognitivo, concentrado en las zonas en las cuales el voto ha sido antiBush? ¿Conseguirán los cognitarios norteamericanos crear estructuras autónomas de búsqueda y transmisión de los saberes que el nuevo oscurantismo busca cancelar? ¿Conseguirán dar vida a una nueva guerra de secesión, que no se combatirá con las armas sino con la sustracción de energías a la guerra, con la creación de estructuras y de instituciones reguladas por un principio post–propietario? Es difícil, pero es la perspectiva hacia la cual trabajar. En la fase que viene estoy convencido que no existe ningún otro fin a perseguir que no sea éste. Para el resto de las cuestiones, creo que el movimiento no violento contra la guerra no tiene ninguna carta más por jugar. Ni la sociedad podrá vencer alguna batalla contra la dictadura global de las corporaciones. Una serie de procesos catastróficos se han puesto en marcha, y se desarrollarán en el futuro próximo: El terrorismo islámico está ya endemizado y producirá efectos de creciente violencia durante el tiempo de la próxima generación. El terrorismo islámico no tiene la forma de un cartel de grupos políticos, sino que es una onda cultural que se extenderá sobre al menos una generación, y tiene sus raíces en la humillación. La guerra iraquí, la violencia a la cual los islámicos detenidos han sido sometidos, la visión del cuerpo masculino desnudo y sometido son bombas psíquicas de tiempo, destinadas a alimentar un odio que se armará y culpará a los norteamericanos dondequiera que ellos estén. Las armas de las que el terrorismo se dotará serán cada vez más destructivas, potentes. Y la fuerza invencible del terrorismo es el amor por la muerte, alimentado por la violencia y la humillación. Un segundo proceso que se va delineando es la crisis del orden público en China, y la explosión de conflictos que difícilmente podrán ser a largo plazo contenidos. Sobre lo que acontece en la sociedad china no podemos tener mucha información porque el control es el de un país totalitario. Pero ya muchas cosas se comienzan a filtrar. http://www.china-labour.org.hk/iso/index.adp Otro dato importante sobre el cual reflexionar representa el hecho de que cada año en China existen 200.000 suicidios (sí, precisamente así, doscientos mil). http://www.expressindia.com/fullstory.php?newsid=37061 Para concluir, en los próximos años el ambiente planetario tenderá a colapsar en varios niveles, y no está excluido que alguna de las grandes emergencias del futuro próximo estén precisamente ligadas a esto. Sobre ninguno de estos niveles el movimiento puede actuar. Podemos sólo sentarnos en la ribera del río y esperar que ocurra lo que deba ocurrir. Existe sin embargo un plano sobre el cual es indispensable continuar una acción organizada de largo plazo: la creación de estructuras independientes de la investigación y la transmisión de saber y de sensibilidad. En todo el mundo está en acción una liquidación de la universidad, paralela al sometimiento a la ganancia de la investigación y la formación. Se tiende a cancelar la autonomía del conocimiento. Y es sólo de la autonomía del conocimiento que la construcción de un nivel más alto de la convivencia humana puede comenzar. 15 de noviembre de 2004 Paolo Virno- derecho de resistencia Derecho de resistencia
Paolo Virno de www.ilmanifesto.it/Quotidiano-archivio/14-Novembre-2004/art85.html Traducción: Emilio Sadier, Noviembre de 2004, Buenos Aires, Argentina. ¿Cómo concebir el uso de la fuerza en la época en la cual va a la ruina el Estado moderno y su monopolio de la decisión política? Seattle, Niza, Praga, Génova: el movimiento new global ha ganado visibilidad y autoridad gracias a la repetida, dramática ruptura del orden público. Negarlo no es ciertamente un crimen: como no lo es, por otra parte, sostener que los bebés nacen debajo de los caracoles. Es sólo una necedad autoperjudicial. Si no se quiere “salir del siglo XX” a paso de cangrejo, esto es argumentando sobre los excesos de la Comuna de París y frunciendo el ceño al recuerdo de la arrogancia sanguinaria de Cromwell, conviene presentar una cuestión espinosa: ¿cómo concebir el uso de la fuerza hoy, en la época en la cual va a la ruina el Estado moderno y su “monopolio de la decisión política”? Sería fácil explicar a Giampaolo Pansa (que en la Reppubblica de ayer ha entonado un lívido mantra contra el movimiento de 1977) porqué fue cosa buena y justa echar a Luciano Lama de la Universidad de Roma en el febrero de aquel año lejano. Fácil, pero ocioso. Lo que cuenta es orientarse en el presente, luego de que muchas de la viejas brújulas se han destrozado. Todo aconseja no abandonarse a ninguna forma de fetichismo respecto a la no–violencia y a la violencia. Es ciertamente estúpido identificar la radicalidad de una lucha con su tipo de ilegalidad. Pero no lo es menos elevar la mansedumbre a inoxidable criterio–guía de la acción. Desde otro lugar, no hay de qué preocuparse demasiado: el pasaje del conflicto de la latencia a la visibilidad se encarga siempre de arrollar los “eternos principios” adoptados de vez en cuando por políticos de profesión. Sobre la antigua, pero no gastada, cuestión de las formas de lucha la discusión gira en redondo, abandonándose a sofismas desprovistos de argucia y a citas passepartout. Viéndolo bien, ella prevé los efectos en cadena de una drástica mutación del paradigma teórico. Una mutación tal, como para escindir lo que parecía indistinguible y como para acercar lo que se colocaba en las antípodas. Brevemente: la lucha contra el trabajo asalariado, a diferencia de aquella contra la tiranía o contra la indigencia, no es más correlativa a la enfática perspectiva de la “toma del poder”. Precisamente en virtud de sus características bastante adelantadas, se perfila como una transformación enteramente social, que con el “poder” se confronta de cerca, pero sin soñar una organización alternativa al Estado, mirando más bien a encoger y a extinguir toda forma de comando sobre la actividad de las mujeres y de los hombres y, por consiguiente, al Estado tout court. Como decir: mientras la “revolución política” era considerada la premisa inevitable para modificar las relaciones sociales, ahora este botín posterior se vuelve el paso preliminar. La lucha puede terminar su índole destructiva, sólo si ya empieza a poner en relieve otro mundo de vivir, de comunicar, incluso de producir. Sólo si, en suma, se tiene algo más que perder que las propias cadenas. El tema de la violencia, idolatrado o exorcizado, ha estado de todos modos ligado como un doble filo a la “toma del poder”. ¿Qué ocurre, en cuanto se considera aquella existente la última posible forma de Estado, digna más de ser corroída y de ir a la ruina, que no ciertamente de ser reemplazada por un Hiperestado “de todo el pueblo”? ¿La no–violencia se vuelve quizás el nuevo culto a oficiar? No parece, precisamente. A lo sumo, he aquí un oxímoron imprevisto, el recurso a la fuerza debe ser concebido en relación a un orden positivo a defender y salvaguardar. El éxodo del trabajo asalariado no es un gesto cóncavo, un menos algebraico. Huyendo, se está obligado a construir diversas relaciones sociales y nuevas formas de vida: nos requiere mucho gusto por el presente y mucha inventiva. Por lo tanto, el conflicto será reclutado para preservar esto “nuevo” que por el momento se ha instituido. La violencia, si existe, no es tendida para los “mañanas que cantan”, sino para prolongar algo que ya existe, aún informalmente. Frente a la hipocresía, o a la distraída ingenuidad, que marca hoy la discusión sobre legalidad e ilegalidad, conviene volver a una categoría premoderna: el ius resistentiae, el derecho de resistencia. Con esta expresión, en el derecho medieval, no se entendía en absoluto la obvia facultad de defenderse si se era agredido. Incluso ni siquiera una sublevación general contra el poder constituido. Neta es la distinción respecto a la sedición y la rebelión, en las cuales nos precipitamos contra el conjunto de las instituciones vigentes, para edificar de allí otras. El “derecho de resistencia” tiene, en cambio, un significado bastante peculiar. Él puede ser ejercitado cuando una liga de artesanos, o la comunidad toda, o incluso un individuo, ven alterados del poder central ciertas de sus prerrogativas positivas, válidas de hecho o por tradición. El punto saliente del ius resistentiae, lo que hace de él una novedad en el tema de la legalidad/ilegalidad, es la defensa de una efectiva, tangible, ya producida transformación de las formas de vida. Los pasos grandes o pequeños, los desprendimientos o las avalanchas, de la lucha contra el trabajo asalariado admiten un ilimitado derecho de resistencia, mientras excluyen una teoría de la guerra civil.
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